viernes, 19 de junio de 2015

Como en casa, en ningún sitio.

Aprovecho el día de mi graduación para escribir esta tan reflexiva entrada, con carácter de crítica constructiva hacia los centros educativos que he estado visitando últimamente. Como podréis ver, he adoptado una forma de escritura gramaticalmente bastante correcta, esto se debe a todos los papeles que llevo rellenando unos meses.
El tema principal de esta entrada se refiere a una comparación entre el trato a primera vista del personal administrativo de diferentes centros con respecto al instituto en el que estudio. Sé que e tiempo que he estado estudiando en mi instituto ha hecho que conozca a fondo al personal administrativo, así como al profesorado, y esto haga que mi trato con ellos sea más familiar, pero, aunque en los otros centros me hayan atendido personas que ni conozco ni me conocen, es importante la educación y el saber estar en el trato.
Comenzaré describiendo al personal administrativo de mi instituto. Llevo estudiando en el I.E.S. Manuel Reina, de Puente Genil 6 años, lo que me ha llevado a conocer a muchas personas con las que he tratado día a día, siempre con la educación, el respeto y el saber hacer como seña de identidad, aparte de una sensación de seguridad y confianza enorme. Desde las conserjes, hasta el Director del centro son personas atentas y pacientes, dispuestas a ayudarte en todo lo posible.
Continúo con el primer centro: Conservatorio Profesional de Música “Maestro Chicano Muñoz”, Lucena. Tras decidir cursar durante los próximos años los estudios básicos de música en la localidad lucentina, llego a este conservatorio a pedir los papeles de preinscripción. En la ventanilla de Conserjería, una señora muy amable me entrega un papel y me explica que, para cualquier duda, podría visitar al Director del Conservatorio, al que, tras rellenar el papeleo, tendría que entregarle los documentos. Una semana después, vuelvo a Lucena a entregar los papeles ya rellenos. Me atiende el director, un hombre de mediana edad, de porte formal, que derrochaba confianza en sus palabras. Varias semanas después, vuelvo al conservatorio para realizar la prueba de aptitud. El profesorado que ejercía las veces de jurado, desde el momento que entré en la sala, se dirigió a mi con seguridad, confianza y simpatía. Este tipo de personal es el ejemplo de “trabajadores que saben trabajar”.
Segundo centro: I.E.S. Marqués de Comares, de Lucena. A este centro acudí el pasado miércoles para rellenar la solicitud de preinscripción para cursar mis próximos estudios. En la ventanilla de secretaría, la administradora que, pese a la rapidez de su habla, el algunos momentos irritada, hacía bien su trabajo, se empeñó en que entregara los papeles rellenos a ordenador, algo que no podría hacer, ya que tendría que volver a casa y perder otro día para entregarlos. Tras ello me informó de que era muy probable que no pudiese entrar en el horario que a mi me convenía y me informó del centro al que debía acudir. Este ejemplo es de una persona que sabe hacer su trabajo, pero podría hacerlo mucho más llevadero, ya que, cuando salí del centro tenía la sensación de poseer menos información de la que tenía antes de entrar, aunque ahora tuviera más papeles que me dieran dicha información.
Tercer centro: I.E.S. Vicente Núñez, en Aguilar de la Frontera. Tras 10 interminables minutos llamando al timbre de la entrada cuando el sol de la mañana pegaba más fuerte, conseguí entrar al centro y, obviando la información que se me pudiera dar desde conserjería, directamente acudí al despacho de Jefatura de Estudios, donde se me derivó al de Administración. Desde que abrí la puerta de la sala de administración, sentí un ambiente algo negativo hasta que, cuando la señora administradora abrió la boca, confirmé mi teoría, recibiendo un trato pésimo, ya que esta señora no admitía mis papeles rellenos a mano. Tras recibir una voz más alta de lo normal y salir del despacho malhumorado ordenándole a voces tranquilidad, rellené los formularios y se los entregué, alegando que no volvería a admitir un trato como el recibido. Tras ello, me dirigí al despacho de Dirección a informarme sobre las adjudicaciones de centros, con mi sorpresa que, el hombre que buscaba una carpeta en el armario de la sala donde entregué mis papeles era el director. Tras un amable trato con este hombre, salí del centro con cierta satisfacción por su trato recibido. La primera persona que me atendió es una persona que no parece feliz con su trabajo, todo lo contrario que la segunda, que parece tener un trabajo que le gusta y le apasiona.

 Para acabar con esta entrada, aunque se que nadie de los que serán nombrados leerá esto, me gustaría agradecer al profesorado que he tenido todo este tiempo todas las horas que me han dedicado. Estas personas como Antonio J. Herrador, ese profesor de lengua que me hacía leer en clase a voces; Jana Rivera, que no sólo enseñaba Ciencias Sociales, sino también nos hacía buenas personas; Inma Revelles, con la que aprendí que un profesor no es borde, sino que hace su trabajo en función del trato recibido; Rafael López y sus chistes sin sentido; Eloísa Villarreal, María Carrégalo, Juan Cano, Inma Román, Jose A. Gómez, Juan Rojas y, por supuesto Antonio Rodríguez, junto a todos esos profesores y profesoras que forman una segunda familia, no sólo por la ayuda recibida, sino por los buenos ratos fuera del instituto, darles las gracias, aunque esta noche vuelva a hacerlo. Todas estas personas son aquellas con las que, aunque salga de mi pueblo, vaya donde vaya, llevaré en mi mente.

domingo, 14 de junio de 2015

"Escobillas y papel del váter" por Paula

Sobre mi:

Me llamo Paula y tengo la suerte de ser la hermana de Andrea. Tengo 12 años pero creo que tengo la cabeza de una persona de 80. Aún recuerdo cuando era joven y estaba yo cogiendo ajos con la calor que hacía en medio de aquél campo tan grande. También recuerdo cuando me tiraban calabazas calientes y me quemaba los dedos en una fábrica. La cosa es que yo he pasado mucho en la vida y os hablo desde la experiencia.





Hoy voy a hablar sobre por qué nunca hay papel en el váter. Seguramente alguna vez en vuestra vida habéis llegado al váter corriendo, os habéis dado cuenta de que no había papel pero como no podíais aguantar y habéis empezado a hacer algo. Pero después de hacer vuestras necesidades os habéis preguntado seguro ¿y ahora cómo me limpio? Habéis empezado a decir a alguien de vuestra casa que os traiga un rollo de papel, pero después os habéis dado cuenta de que no había nadie en vuestra casa y no sabíais qué hacer. Entonces os habéis empezado a preguntar ¿por qué nunca hay papel del váter cuando más lo necesito? Pues es una pregunta un poco complicada de responder, porque hay veces en las que vas al váter y no tienes prisa por hacer nada y te encuentras un megarrollo de papel y empiezas a coger e incluso se te cae al suelo. Pero da la casualidad de que cuando tienes prisa por ir no hay papel. Es un poco raro eh. Seguramente no hay porque antes que tú ha llegado tu hermano pequeño y ha empezado a jugar con el papel y se lo ha llevado todo o lo ha tirado por todo el suelo y cuando tú has ido te lo has encontrado todo tirado por el suelo y aunque saber que lo necesitabas te ha dado asco cogerlo y no has podido. O también puede ser que no haya papel porque antes de que tú vayas ha ido una gorda y ha pillado todo el royo y se lo ha fundido todo para ella sin pensar en lo que los demás necesiten. Bueno, la pregunta es ¿qué hago yo ahora sin papel? Te puedes esperar a que llegue alguien y te lo de, pero tienes prisa. O otra opción es irte, pero irte con el culo sucio es un poco asqueroso, eso no estaría bien y lo sabéis todos, al igual que sabéis que alguna que otra vez lo habéis hecho y eso demuestra que no tenéis vergüenza ni educación.

Ahora voy a hablar un poquito sobre lo de la escobilla en el váter. Eso es un tema muy importante porque a veces hay gente que echa de todo y ahora llegas tú tan relajado y tranquilo pensando en lo a gusto que te vas a quedar cuando entres al váter y ahora resulta que está todo el váter muy sucio, y claro, todo va bien si hay una escobilla al lado porque tú lo limpias aunque sabes que te da asco, pero bueno.., ¿pero qué pasa si no hay? ¿Qué haces? Pues que te aguantas y haces lo que tengas que hacer. Pero si eres una persona escrupulosa que ni siquiera te atreves a entrar en un váter público, cuando ves el váter sucio no puedes aguantar y no sabes qué hacer. Porque claro, también puedes llamar al encargado de limpieza, ¿pero y si estás en un bar cutre que no tiene ni servicio de limpieza? También puedes llamar al que está en la barra para atender, pero ¿qué haces si es un chulo que te dice que no en toda la cara? En resumen, si no hay escobilla es dos cosas, o que no tienen dinero para comprarla o que pasan totalmente de las personas. 

Y ahí os dejo la importancia de que siempre haya papel del váter y una escobilla. Y si es un váter público es aún más importante. Espero que si no tenéis una escobilla ni papel del váter salgáis corriendo ahora mismo a comprar, si no es que no sabéis lo que es la educación. Espero también que os haya gustado y os haya servido de reflexión. 

sábado, 13 de junio de 2015

¡Felices 18 Jesús David!

Hoy es el cumpleaños de uno de nuestros miembros del blog, el único que a día de hoy sigue subiendo entradas a pesar de ser uno de los últimos en incorporarse, ¿Qué puedo decir en un día tan importante? Nos conocemos ya desde hace tres años. Sin duda nunca olvidaremos aquel día del verano de 2012 cuando el destino hizo que nos conociéramos de una forma un poco peculiar, pues por un malentendido casi nos peleamos, pero ese mismo destino quiso que a día de hoy, tras algunos altibajos, sigamos todos juntos. Eres una persona maravillosa, estamos muy contentos de poder contar contigo en el blog y en la vida real como amigo. Te deseamos de corazón que disfrutes tus 18 años como te mereces y recuerda: "Ya veo que sabes dónde está el jamón y dónde está el queso, pero tranquilo, no te arrancaré el pescuezo". Un abrazo muy grande de tus amigos y compañeros de blog.

lunes, 1 de junio de 2015

Reflexiones variadas para la profunda inspiración



                Nuestra directora, que hace poco ha escrito una gran entrada, me pedía hace pocos días que subiera una entrada, pero esta vez creo que me he pasado con la inspiración… Me he pasado casi tanto como que he acabado escribiendo un pequeño relato que no dudaré en regalar al público que nos lea y a los blogs que nos visitan y que nos felicitan por las entradas que compartimos los cinco. Antes de comenzar con el relato, me gustaría felicitar a todos y cada uno de los miembros de Noches de Nostalgia por regalarnos en sus líneas todos los sentimientos que podemos sentir leyendo sus geniales entradas.
                Continuando con el pequeño relato, he decidido llamarlo “Cambios”, no me gusta destripar finales, pero una pequeña sinopsis nunca viene mal. Este relato empieza con una fatal noticia que le llega al protagonista, y muestra cómo, cuando el tiempo pasa, las cosas cambian y lo que un día estaba en blanco y negro, al otro puede volverse color. Invito a nuestros lectores a que escriban su opinión en los comentarios.

< Los cambios… Dan miedo ¿verdad? Es coger todo lo que conoces y tomarlo de cero. No es como cambiarse de ropa o de zapatos. No, esto es mayor.
A todos les asustan los cambios, y a mí al que más. Pero jamás me iba a imaginar que este cambio me iba a traer al amor de mi vida.
Yo siempre me había aferrado a lo real, a lo seguro, a todo aquello de lo que estaba seguro que iba a acertar.
Todo comenzó aquel invierno. Aquel odioso Diciembre, que cambió toda mi existencia. Mis padres fueron a recoger a mi primo. Íbamos a pasar el fin de semana con él mientras mis tíos iban a un viaje de negocios. Como no quería estar solo, fui con mis amigos a la casa de uno de ellos. Se estaba haciendo tarde. Eran casi las ocho y media, y se supone que volverían a las siete. Los llamé, pero no cogieron el teléfono. Estarían conduciendo.
Sobre las nueve volví a casa, cené algo y me acosté.
A la mañana siguiente la casa seguía vacía. Pensé que habrían salido con mi primo al parque. Como es pequeño, le gusta jugar en la arena, aunque haga mucho frío. Pero me equivoqué. El teléfono de casa empezó a sonar. Medio dormido fui a responderlo.
- Hola, buenos días, llamo desde el Hospital. – dijo una voz femenina al otro lado de la línea.
- ¿Qué pasa? – pregunté alarmado.
- Siento comunicarte que tus padres… - hubo un breve silencio - …han tenido un accidente.
Me quedé mudo. ¿Qué era esto? ¿Una especie de broma? Pero supe que no lo era, no era posible. El número de teléfono era del hospital. No supe cómo reaccionar, qué hacer, qué decir. Colgué sin decir nada. Me apoyé en una pared porque sabía que las piernas me fallaban. Me senté en el suelo arrastrándome por la pared y me eché a llorar. Era lo único que podía hacer.
*             *             *
Estaba empaquetando las últimas cosas que me quedaban. Ya había pasado un mes desde el accidente, y cada vez que me acordaba, los ojos se me llenaban de lágrimas. Ya no tenía nada a lo que aferrarme, me había quedado sin salvavidas. Todo lo que conocía iba a cambiar. Me iba a vivir a casa de mis tíos. El mismo sitio donde mis padres iban a ir, pero no alcanzaron la meta. Cogí mis maletas, las metí en el maletero y, sin decir nada, me metí en la parte trasera del coche.
*             *             *
Por fin había llegado el verano. Me gustaba más el calor del sol que el frío del viento. Tuve que terminar la ESO en otro instituto. Todo el semestre que me quedaba lo pasé solo, sufriendo en silencio. No necesitaba amigos. No necesitaba la compasión de nadie.
Mis tíos se fueron a trabajar y yo me quedé cuidando a mi primo pequeño. Vivíamos en una casa pequeña, pero que tenía un jardín enorme, sin embargo, mi primo siempre jugaba en el de delante, que era más pequeño, pero le gustaba ver pasar los coches. Yo me quedé sentado en las escaleras, leyendo un libro y vigilando a mi primo de vez en cuando para que no se escapara.  Oí un perro, y tenía pinta de ser grande. Después oí a una chica gritándole que parara. Los ladridos se escuchaban cada vez más y más cerca. Vi a un labrador de color negro, algo grande, que se dirigía a mi primo. Él gritó, dejando sus juguetes en el suelo, y después vino corriendo hacia mí para que lo protegiera. Le dije que se quedara detrás de mí. Cuando el perro llegó a las escaleras le grité
- ¡Quieto! – puse la palma de mi mano frente a su hocico en señal de que parara y, para mi sorpresa, se paró de golpe y se quedó sentado en el césped.
- Butter, ¡maldita sea! Mamá me matará si vuelves a hacer eso. – dijo la voz de una chica al otro lado del jardín – Ven aquí.
Era una chica menudita, de mi edad podría decir. Tenía el pelo negro azabache y los ojos de un todo verde azulado. Entró al jardín, agarró al perro por el collar que llevaba y le puso una correa de color marrón.
- ¿Estáis bien? Es algo travieso. – preguntó mirándonos.
- Sí, no pasa nada. – contesté yo.
- ¿Cómo has hecho para que parara? Llevo diez minutos intentándolo corriendo detrás de él.
- Sólo le dije que parara. – volví a contestar.
Se sentó a mi lado sin previo aviso, y empezamos a hablar. Bueno, era ella quien hablaba, yo apenas decía algo. Mientras tanto, mi primo jugaba con Butter, el perro que casi lo mata.
Cuando mis tíos volvieron de trabajar, me preguntaron por esa chica. Les dije que sólo era una amiga.
*             *             *
Ya habían pasado dos semanas, y la chica de pelo negro venía a verme todos los días, acompañada de su perro, pero hoy vino sola. Estaba sentado en las escaleras, y ella se sentó a mi lado, como de costumbre. Me contó que Butter estaba en la perrera, y que posiblemente no volviera a verle. Quise controlarme, pero no pude, y empecé a llorar desconsoladamente. Llevaba mucho tiempo sin desahogarme.
¿Por qué siempre tenemos que perder a las mejores personas? Me acordé de mis padres. De lo mucho que los quería, y de todas las cosas que íbamos a hacer los tres. Todo tirado por la borda.
No hizo preguntas ni me dijo nada, solo me abrazó, y yo correspondí. Todo este tiempo me he negado a recibir ayuda, y es ahora cuando más la necesito. Después de un rato así, abrazándome y yo llorando, me soltó. Siguió sin preguntarme nada, pero sentía la necesidad de explicárselo. Y por primera vez, en muchos meses, me sentí libre, sentí que me había librado de una carga que me estaba devorando la vida.
Ella me consoló. Vino todos los días a verme y, otra vez, después de tanto tiempo, comencé a sonreír, a reír, a alegrarme de la vida. Todavía me quedaba mucho por hacer, y no quería desperdiciarlo. >
                
           Creo que, después de haber añadido este relato a la entrada, queda un poco larga pero, sinceramente, no me arrepiento de haberlo escrito, ya que, es el primero y personalmente lo veo muy bien… Quizás pueda escribir otro…
                Sin más, despedirme, que ya pensareis que soy muy pesado y muy extenso.